Odio

Volcados a humillar y despreciar

El mejor modo de evitar esos odios es rechazar la ley del rebaño y combatir con ahínco la ignorancia

El neurólogo francés que desarrolló el concepto de resiliencia como la capacidad humana de salir de una agonía traumática desarrollando nuevos proyectos, se felicita de que ahora los jóvenes alemanes y franceses ignoren por qué en otro tiempo había que odiarse; por supuesto, una obligación nacional. ¿Cuántos odios tenemos programados antes de nacer? Creo que el mejor modo de evitar esos odios es rechazar la ley del rebaño y combatir con ahínco la ignorancia.

Boris Cyrulnik destaca que, durante la Primera Guerra Mundial, las autoridades francesas enviaron al frente a morir, o a ser mutilados, a un millón y medio de adolescentes que aún no tenían derecho a voto, y que la Segunda Guerra Mundial (veintitantos años después) dejó un reguero de millones de huérfanos, pero también de divorcios y de trastornos emocionales. Los desastres de una guerra son no sólo incontables sino abominables, y no dejan de repetirse, en un grado u otro, generando continuamente víctimas (ya nacidas, ya por nacer).

En 1944, un año antes de que acabara la Segunda Guerra Mundial, el psicoanalista inglés John Bowlby (quien contaba a la sazón, 37 años de edad) escribió ‘44 ladrones jóvenes’, un trabajo donde estudiaba las condiciones de vida y de entorno familiar de unos muchachos encarcelados. Destacaba que diecisiete de ellos habían tenido en sus primeros meses de vida una larga separación de sus figuras de apego, sin disponer de un nuevo sustituto afectivo. Al analizar la ansiedad y la angustia que puede producir la separación de seres queridos en la niñez, Bowlby evocaba su propia infancia.

Nacido en el seno de una familia aristocrática, quedó desatendido por su madre y le crió una niñera. Cuando aquella joven abandonó la casa, el niño tenía cuatro años y sintió un dolor desgarrador, cuya huella nunca se borró del todo y originó una intensa sensibilidad por el sufrimiento infantil. Tres años después fue llevado a un internado. Pasados los años, llegaría a hablar del hambre de ternura que sentía por una madre distante con quien no podía tejer otros nudos de apego que no fueran coleccionar plantas, observar animales o hacer fotos a los pájaros.

En su último libro Cuarenta ladrones con carencia afectiva (Gedisa), Boris Cyrulnik, poseedor de una amplísima experiencia clínica, discurre por esta senda donde se moldean apegos y desapegos, estructuras que invitan a la cooperación o que suponen exclusión. Emergen los peligros de la ausencia y la presencia cuando sólo se pretende de un niño que calle, que obedezca y sea sumiso. O bien, cuando se le exime de cualquier comportamiento compasivo o de obligación y se le empuja a que sea dictador en casa, ajeno a todo límite que se le pueda imponer. ¿Cuál es la percepción que cada uno tiene del mundo en que habita? La vida se percibe desde un contexto y se alimenta de la vida de otros para conseguir una urdimbre sólida.

Entre una educación temible y sin indulgencia, con absoluta falta de educación, se pierden los afectos y la confianza. ¿Se piensa de veras tanto en los factores de protección de las personas como en sus factores de vulnerabilidad? Yo creo que muy poco y de un modo insuficiente.

¿Cómo se hace para que unos niños lleguen a sentirse superiores a los demás y los desprecien o acosen con extraña y eufórica prepotencia? ¿Cómo se hace para que unos niños se sientan inferiores a los demás, de forma irremediable, acepten ser humillados y, en ocasiones, hasta se avergüencen de sus padres por ser pobres, incultos, anticuados o ‘raros’? ¿Cómo se enseña a sentir dignidad, combatir a quienes atormentan y no desesperarse por la idea que nos hagamos de lo que piensan los demás de nosotros? ¿Cómo se aprende a rechazar a los totalitarios del género que sea?

 Remontándose siglos atrás, Cyrulnik subraya: “Sólo un aristócrata tenía derecho a llevar un pantalón que moldeara sus nalgas, mientras que a un plebeyo se le penalizaba cuando transgredía esa moda”. A fuerza ahorcan. Hay gente especializada en poner a los otros en su sitio y apoderarse de ‘los bienes’ de este mundo.