El libro 'Saltos mortales' en una biblioteca

Charlotte Van den Broeck profundiza en el fracaso de trece arquitectos suicidas

La poeta belga estudia trece casos en los que suicidio fue el punto final al fracaso de algunos profesionales

Quién me iba a decir cuando hace cosa de medio año tuve la oportunidad de asistir a una espléndida cuchipanda gastronómica con la que dieron comienzo en la ciudad flamenca de Ostende los actos conmemorativos del centenario de artista plástico James Ensor que el edificio en el que se celebraba fue la causa del suicidio de su arquitecto. Era la antigua sede de Correos y Telégrafos de la ciudad y su creador Gaston Eyssenlyck, quien, tras haber tenido que pasar por numerosos inconvenientes, puso término a su existencia a los 47 años. La obra, considerada hoy de gran valor y desafectada de su función postal, ha sido reacondicionada como centro cultural. Pues bien, dicho edificio y su creador constituyen el primero de los capítulos de “Saltos mortales” (Acantilado), la obra de la escritora belga Charlotte Van den Broeck en la que estudia hasta trece casos de edificios que fueron de alguna manera la causa de la ruina o de la muerte de sus autores.

“Yo soy originaria de la población brabantina de Turnhout” nos explicó la autora, quien recordó que en ella se había producido el caso de la piscina municipal de Satdspark, obra de un arquitecto anónimo, cuya construcción generó numerosos problemas. Desde el apresamiento de la trenza de una niña en uno de los orificios de desagüe, al hundimiento de algunas de sus infraestructuras, al punto de que “desde su inauguración en octubre de 2005 nunca estuvo más de tres meses seguidos abierta”, por lo que algún tiempo después quedó definitivamente clausurada. Este precedente dio lugar a una leyenda que fue transmitiéndose de boca en boca. “Yo misma la comenté diez años más tarde durante un viaje a Viena y mis interlocutores me explicaron sorprendidos que en la capital austríaca había ocurrido algo análogo con el edificio de la Ópera del Estado. Este paralelismo me descubrió que aquí había un tema para estudiar y escribir y de este modo surgió este libro”. 

Van den Broeck localizó hasta veinticuatro casos parecidos, de los que seleccionó trece que son los que constituyen “Saltos mortales”. Todos ellos ocurridos en países europeos o de Estados Unidos con edificios cuyos arquitectos murieron, aunque no en todos los casos quedó claro que se hubiesen suicidado. “¿No hay ninguno español?” le preguntamos. Y se ríe: “Pues la verdad es que no, pero he de decir que no es la primera vez que me lo preguntan; he encontrado verdaderos detectives sobre este particular, lo que demuestra que la obra pública puede suscitar reacciones muy violentas, aunque se expresen en broma”.

Nos interesamos si le había resultado difícil investigar lo que había pasado en cada caso y nos respondió que “a veces resultó un trabajo sencillo porque el edificio y/o arquitecto seleccionado estaban muy documentados como fue la Ópera de Viena, obra de Eduard Van der Nüll y August Sicard von Sicardburg, el primero de los cuales se suicidó y el segundo murió al poco tiempo. “No podían vivir el uno sin el otro”. Y también en el caso de Francesco Borromini, uno de los grandes arquitectos barrocos, autor de la iglesia romana de San Carlo alle Quatro Fontane. Pero hay casos en los que dispone de muy pocos datos, a veces porque los mismos edificios han sido muy olvidados, tal cual es el caso de Villa Ebe en Nápoles. Tales supuestos me han producido inicialmente una cierta inseguridad, pero luego me han dado alas para acentuar el carácter creativo y literario del texto”. 

¿El caso que más le impresionó? Sin duda, el del teatro Knickerbocker de Nueva York cuyos defectos constructivos ocasionaron que el techo se desplomara el 28 de enero de 1922 como consecuencia de una intensa nevada que hizo imposible que soportase siete toneladas de nieve, lo que causó 95 muertos y numerosos heridos. Aunque Reginald Geare resultó exculpado judicialmente de homicidio involuntario, nunca pudo superar el peso de su responsabilidad. Por no citar otro caso, el de Starr Gideon Kempf, autor del Jardín de esculturas cinéticas de Colorado Spring. Conocí a su nieto y me enseñó la pistola con la que el abuelo se pegó un tiro en la cabeza en 1995”.

¿Quedó algún arquitecto en el tintero? “Sí, hubo uno cuya historia daba mucho de sí, pero tenía el inconveniente de que se había ido a vivir a Tasmania y, francamente, no me resultaba provechoso hacer un viaje tan largo para escribir un capítulo más de mi libro. Lo descarté, pero no perdí el interés por el personaje y acabé dándome cuenta de algo que justificaba dedicarle no solo un capítulo, sin toda una obra: el descubrimiento de su culpabilidad en la extinción del tigre de Tasmania. De modo que decidí que será el protagonista de mi próximo libro”. Charlotte Van den Broecck promete tenerlo listo para el próximo otoño. Habremos de hablar de nuevo con ella en ese momento.