Biblioteca con el libro 'La segunda guerra civil de Franco'

El general Dávila revela la lucha que mantuvo Franco para consolidar su poder

Aunque la contienda terminó en 1939, el generalísimo hubo de mantener una guerra solapada durante su mandato posterior

El ejercicio del poder absoluto de Franco no fue un camino de rosas, sino que a lo largo de los 39 años en que se mantuvo efectivo el jefe del Estado hubo de sortear numerosas dificultades e incluso intentos más o menos explícitos de socavarlo, sustituirlo o abrogarlo y ello incluso en alguna ocasión por quienes le elevaron al mando supremo en el inicio de la guerra civil. El general Rafael Dávila ha estudiado esta denodada defensa de su primacía militar y política en “La segunda guerra civil de Franco” (Esfera de los Libros)

Aunque la mayoría de los episodios que trata son bien conocidos (disenso con Manuel Hedilla, rivalidad con Queipo de Llano (“las relaciones entre Franco y Queipo de Llano fueron siempre tirantes, por no decir irreconciliables”), obsesión con la Masonería (que el autor comparte, puesto que dice “es indudable su capacidad de penetración, los contactos y su infiltración hasta el tuétano en la España de la posguerra”), divorcio político de su cuñado Serrano Súñer, incidente de Begoña (“la actitud del general Varela fue desde el primer momento condenatoria sin esperar a  ningún tipo de juicio, ni interrogatorio”), maniobras de algunos generales (Varela, Kindelán, Yagüe, Orgaz, Beigbeder: “lo que unía a unos y otros era echar a Franco, luego ya se vería”), la petición de ciertos procuradores para que diera paso a la monarquía (tan imprevista “que ni su sutil servicio de información supo captar a tiempo” y sobre la que hubo un intento de dar marcha atrás), o las tormentosas e irregulares relaciones con D. Juan de Borbón. 

El autor ha profundizado en el extraordinario acervo documental de algunos archivos pese a las limitaciones todavía vigentes, lo que le lleva a lamentar que “España sigue en la incógnita de su pasado”. En todo caso, ha tenido a mano la correspondencia mantenida entre Franco y su abuelo, el histórico general Fidel Dávila Arrondo (del que recuerda su proximidad al caudillo, al que afirma que siempre informó con lealtad), circunstancia que le permite ofrecer aspectos ciertamente novedosos. Algunos puramente anecdóticos pero divertidos, como la carencia de ninguna Laureada con la que imponerle la preciada condecoración que el generalísimo se autoconcedió con ocasión del desfile de la Victoria del 19 de mayo de 1939 (hubo que pedir prestada la del general Marina), pero otros muchos más sustanciales.

Entiende Dávila que la guerra civil pudo darse por concluida con la ocupación de Barcelona pero era necesario revestirla con la caída de Madrid y se lamenta e la marginación que sufrió en las celebraciones posteriores el Ejército del Norte, que tan brillante intervención había tenido en la contienda, acaso porque hubo que “repartir” los triunfos militares.

Describe el desencanto de la baja oficialidad sobre los primeros pasos de la posguerra (escrito de los capitanes de 1940), revela la movilización parcial de unidades decretada en verano de ese mismo año, evidencia las penurias que sufrían las fuerzas armadas (“en el seno del Ejército los opositores más formidables -a la entrada en la segunda guerra mundial- seguían siendo el paro, el hambre y la escasez… el Ejército, aunque leal a Franco, no dejaba de ser parte de una sociedad casi en quiebra”) y pone en tela de juicio el soborno a altos mandos militares para evitar la entrada de España en dicho conflicto porque dice que no existe constancia contable de tales transferencias y porque todos los presuntos implicados murieron sin medios de fortuna.

Todo ello en el contexto de una serie de observaciones sobre la figura de Franco del que dice que desconfiaba de sus generales de cuerpo de ejército y división, lo que dio lugar a alguna reprimenda por escrito, mantenía excelentes canales de información -el principal de todos, el del Alto Estado Mayor, pero también otros más personales- o el hecho de que desde su ascenso a la jefatura del Estado eludió todo tipo de familiaridad con sus viejos compañeros de armas.