Un detalle de la portada del libro

'Los alemanes' recrea la vida de los internados en España durante la guerra europea

Sergio del Molino fabula en su novela sobre la peripecia de algunas familias alemanas llegadas desde Camerún a Zaragoza

Aunque el tiempo transcurrido, más de un siglo, ha borrado el recuerdo, lo cierto es que también Alemania participó en el reparto de África y tuvo colonias y no pequeñas en tres puntos: la costa oriental, el sur y el golfo de Guinea. En este último una de ellas fue la de los, los Camarones, hoy Camerún. Pero con el inicio de la primera guerra mundial los enemigos de la potencias centrales las atacaron y los alemanes que residían en la última de las citadas decidieron escapar de su inevitable captura por los enemigos de su país internándose voluntariamente en la Guinea continental española con el fin de ponerse al amparo de una potencia neutral. El gobierno de Madrid los pasaportó a diversos destinos peninsulares y un grupo bastante numeroso fue a parar a Zaragoza donde se enraizaron, crearon familias, pero no perdieron nunca el nexo con su país de origen pese a su continuidad en sucesivas generaciones. Fueron una “Alemania originaria en medio de España” como dice Sergio del Molino en su novela “Los alemanes” (Premio Alfaguara de novela 2024).

“Los mil y pico alemanes del Camerún que subieron a las barcazas no volvieron jamás a su país, pero tampoco vivieron en el nuevo. Pasaron la vida en una patria imaginada, como en el fondo lo son todas las patrias, pero la suya más, porque no tenía perímetros, ni oficinas de correos, ni embajadas, ni bancos centrales, ni presidentes contra los que alzarse”. Dos familias imaginarias, la de Oscar Klein, que se ganó la vida con una red de tintorerías y la de Hans/Juan Schuster, “charcutero mayor” y dueño de una fábrica de salchichas, constituyen el eje narrativo de este texto en el que el autor utiliza la peripecia imaginada para los miembros de ambas con el fin de debelar, criticar, satirizar y hasta en algún momento burlarse de los estereotipos, prejuicios y esquemas mentales de unos y otros. Porque no solo critica a los alemanes españolizados, muchos de ellos protectores más o menos ocultos de nazis evadidos -tal el caso del viejo Schuster, homófobo con su propio hijo Gabi y generoso donante de León Degrelle y del neonazi Michel Künen, en este caso ambos personajes reales a los que el autor considera patrocinadores del “unterwelt” o terrorismo neonazi-; o como Oscar, alistado obligatoriamente en la guerra y que en Rusia se hizo pasar por español para poder regresar con los prisioneros de la División Azul.

También reciben su crítica los perseguidores, como el israelí Lev Azoulay, agente de la “mafia israelí”, que trata de conseguir la recalificación de ciertos terrenos para jugar con ellos en la especulación inmobiliaria. Una mafia en manos de cinco familias que son “un Estado dentro del Estado” y “dominan el crimen organizado en Israel”. Del Molino recuerda como quien no quiere la cosa que “la nobleza israelí tiene apellidos alemanes” y que en la construcción del Estado los protagonistas fueron los askenazíes, mientras que los sefarditas los relegados. Más aún: también hay críticas a otros colectivos tales el mundo del fútbol o el de cierto tipo de periodistas borrachines y venales (que, dicho sea de paso, hoy que hoy sean una especie casi extinguida, los hubo, doy fe).

El desarrollo narrativo centrado en las contradicciones, incertidumbres y antecedentes de todos estos personajes acaba poco a poco derivando en una cierta trama de misterio porque a Eva Schuster, hija de Hans/Juan, le aguarda un porvenir brillante que puede quedar coartado por su historia familiar, enredado con la de la recalificación a que hemos hecho referencia. En todo caso “Los alemanes” es una descripción literaria no exenta de numerosos elementos históricos reales que recuerdan la existencia de una “colonia muy rara y orgullosa de sus orígenes africanos” relatada de forma magistral y, como puede verse, con ramalazos de ironía y no pocos zurriagazos a tirios y troyanos.