Un detalle de la portada del libro

Madrid registra a diario un millar de 'sin techo' ('Casi. Una crónica del desamparo')

El periodista Jorge Bustos describe el funcionamiento del CASI y otros centros asistenciales para indigentes existentes

Quién no ha visto más de una vez a algún indigente que duerme resguardado en el arcén de entrada de una tienda o sobre el banco de cualquier plaza pública. Un espectáculo que por lo frecuente ha dejado de impresionarnos y ante el que pasamos de largo sin advertir la grave situación humana de desamparo que refleja. Como dice el periodista Jorge Bustos “a una primera noche a la intemperie sobrevive cualquiera; al cabo de un par de semanas se han coleccionado ya algunas vejaciones imborrables; si transcurre un mes, la calle perfora la capa de dignidad que nos recubre y allana el alma; al cabo de un año la mutación es irreversible y esa persona jamás vuelve a ser la misma: su memoria no se lo permitirá”. Bustos ha investigado la realidad de esta preocupante situación de desamparo en el ámbito concreto de la ciudad de Madrid y ha reflejado el resultado de su trabajo en un impresionante libro titulado “Casi. Una crónica del desamparo” (Libros del Asteroide)

Según el citado periodista, en Madrid hay como media un millar de “sintecho” asistidos diariamente, cuya situación es detectada por diecisiete equipos que los encaminan, en caso de aceptarlo voluntariamente los interesados, a la PUE o puerta única de entrada desde donde se les derivará a la institución más adecuada. La principal de todas ellas, el Centro de Asistencia San isidro o CASI, fundado en 1943.

El perfil de los asistidos revela que el 70 % son hombres y el resto, mujeres, y con una media de edad de 45 años. “Vienen cada vez más jóvenes, más extranjeros (más de 90 nacionalidades), con más adicciones y con más problemas de salud mental”. Y recalca “físicamente sanos hay poquísimos, pero mentalmente sanos no hay ninguno”. A mayor añadidura y aunque parezca mentira, el 10 % de los sin techo posee estudios universitarios.

Bustos subraya que “el grial del asistencialismo es la autonomía. Solo la valora en su humana medida quien la pierde o quien ve cómo la pierde otro”. Añade que “la mujer que se queda en la calle es víctima total quintaesenciada” y pone de relieve que “nadie que recuerde que no tiene casa, nadie que no pueda olvidar sus años de calle vuelve a hablar tanto como hablaba antes”.

Explica el funcionamiento del CASI y lo adereza con numerosas situaciones personales y anécdotas -conservando siempre el anonimato de sus protagonistas-, entre ellas la de que “cada final de mes la población del CASI se vuelve fluida y desciende considerablemente; la razón es que los que la tienen cobran su pensión el día 25 y corren a gastársela por ahí”.

También reseña la actividad que desarrollan otros centros especializados como el Juan Luis Vives, dedicado a los procesos de inserción o preparación para el cambio, el San Blas para la acogida de “menas”, la pensión de Usera para mujeres en situaciones extremas o La Rosa, una antigua narcosala habilitada como centro de choque para ofrecer refugio a los recién rescatados.

El trabajo de Bustos es esclarecedor y preocupante porque revela la gravedad de una realidad cuya dimensión exacta desconocemos o queremos eludir. Ello no le lleva a proponer soluciones utópicas como las de quienes defienden un mundo sin fronteras. “Es irresponsable -dice- militar en la abolición de las fronteras y proclamar que ningún ser humano es ilegal, porque sin control de fronteras ningún Estado democrático sería capaz de integrar la soleadas migratorias que convocaría: la sociedad que lo ensayase quedaría abocada al conflicto civil”.